"El cerebro de mi hermano": el conmovedor homenaje de Rafael Pérez Gay a José María, su "Pepe"

 Director: Andres Páez Chavira               Chihuahua, Chih., Miércoles 22 de Octubre del 2014

"El cerebro de mi hermano": el conmovedor homenaje de Rafael Pérez Gay a José María, su "Pepe"

  Ciudad de México, 30 noviembre (SinEmbargo).- "No me animo a leerlo. Me han dicho que te parte el corazón", se escucha decir durante un viaje en avión. "Me lo leí de un sentón el sábado y no podía parar de llorar", apunta otro.

¿Una hora? ¿45 minutos? Medir el tiempo que lleva leer El cerebro de mi hermano, el nuevo libro del escritor mexicano Rafael Pérez Gay, es percibir la materia insalubre con que está hecha la futilidad de la vida; es saber cuánta distancia hay, por ejemplo, entre el latido de tus sienes y un ave que pasa justo cuando pensabas en alguien y en aquellas cosas que se dijeron en la despedida, aquel adiós.

El tiempo, el implacable, el que pasó? como esa canción que escuchas sin querer cuando abres una ventana, te quedas con la mirada fija en un punto inexistente del aire: más allá de la razón hay un nido donde duerme la felicidad pasada.

Y te das cuenta de algo: envejecer es pensar a cada minuto que algo era mejor antes. No quieres imaginarte diciendo cosas como "hace unos años", "¿te acuerdas ", "fíjate cómo ha cambiado todo", pero?

Las cosas nunca son como antes. Ni las personas. Ni los hechos. Es ley de Perogrullo, zafiedad descartable que no conviene mencionar por vergüenza propia y ajena, pero…

Antes. Ayer. Mañana.

El tiempo.

"Esperar la muerte es la forma más representativa del tiempo. Cuando suena la hora, apagas la luz y, si puedes, te despides. Pepe no podría despedirse, pero su familia lo haría por él. Un domingo de principios de mayo llegué a su casa de Coyoacán y lo vi de lejos, sentado en la cama que habían dispuesto en su estudio para dormir. No miento, vi  a mi padre anciano. Pepe se convirtió a los 70 años en el hombre de 90 que murió en su cama, de viejo y de tristeza. Mi hermano enfermó de gravedad a los 66 y murió a los 70 pero parecía de 90, como si nuestro padre hubiera salido de uno de esos sueños que describe Pontalis para decirle a su hijo mayor que el tiempo se había apagado".

DECIR SIN PALABRAS

Foto: Twitter

Para un hombre que perdió la palabra y que al hacerlo se perdió a sí mismo, "Rafa" escribe un libro donde sólo la palabra tiene la fuerza para vencer al tiempo. Y es el vértigo de una voz que funde el ayer con el presente lo que puede entablar una conversación de tú a tú con la inmortalidad.

No pudo haber mejor homenaje, aunque te rompa el corazón y aunque los 45 minutos que empleaste para leer El cerebro de mi hermano se conviertan en días, meses, años, para recordar esas líneas imborrables.

Como lector tendrás una certeza: sólo un hombre así podría haber esperado semejante honra de otro hombre así.

José María Pérez Gay, para algunos "Chema", para sus queridos "Pepe", tenía mucha facilidad para los idiomas. Le gustaban mucho las mujeres, los cigarrillos y los panes dulces. Friedrich Nietzsche era su filósofo de cabecera y traducía de forma voraz por ejemplo a Paul Celan durante toda la noche, hasta el amanecer, cuando dejaba la casa hecha un desastre,  con los pisos regados de papeles y libros.

-          ¿Y quién este Celanese, Pepe, que ha ocasionado tantos desmanes?

Mi hermano contestaba

-          No es Celanese sino Celan, Paul Celan

José María Pérez Gay fue un hombre erudito, cuya labor intelectual se cinceló a hielo y fuego en la Alemania donde vivió durante 15 años, a partir de 1964, cuando apenas era un muchacho. Narrador y ensayista, se doctoró en filosofía y germanística en Berlín. Fue director del Canal 22. Fe diplomático.

Traductor de Thomas Mann, Franz Kafka, Robert Musil, Herman Broch, Joseph Roth, Jürgen Habermas, Karl Kraus y Elias Canetti. Autor de El imperio perdido o las claves del siglo; Hermann Broch, una pasión desdichada; El Príncipe y sus guerrilleros: La destrucción de Camboya; La supremacía de los abismos; La difícil costumbre de estar lejos y Tu nombre en el silencio.

Un día, a los 66, un diagnóstico de esclerosis múltiple se lo quitó todo. En mayo pasado, murió "por segunda vez", según dice su hermano Rafael Pérez Gay, a los 70 años.

Pepe a Rafa le llevaba 14 años. En el medio hubo tres hermanas a las que Pepe les robaba los bolillos. Entre los hermanos se gestó una profunda relación literaria y Rafa nunca olvidará que fue gracias a Pepe, quien le enseñó las primeras líneas de Platero y yo en el aeropuerto, cuando se iba a Alemania, que aprendió a leer.

Entre Pepe y Rafa hubo muchas diferencias políticas. Profundas. Abismales, casi. Sobre todo en los últimos tiempos. Cuando Pepe se hizo un férreo lopezobradorista y Rafa todo lo contrario. Que hubo fraude, que dejen de mentir, que igual lo voté, que muestren pruebas?

-          Te haces eco de la derecha ?" se refería a mis críticas a López Obrador y a algunas posturas del periódico La Jornada, especial la cuestión cubana, ETA y el conflicto árabe-israelí.

-          Es decir, si no estás con Liópez, de inmediato te conviertes en un esbirro de oscuros intereses; así, a la antigüita, excomunión, destierro, descalificación moral.

-          No le digas Liópez.

-          ¿Cómo quieres que le diga, San Andrés?

Pero la enfermedad borró las disputas. Eran al fin escrituras en la arena, ofreciéndose generosas a la lengua del mar.

En El cerebro de mi hermano, Rafael Pérez Gay, nacido en 1957 en Ciudad de México, vuelve a hacer gala del humor y la ternura con que vistió el homenaje a sus padres en el celebrado  Nos acompañan los muertos.

La maestría literaria que aplica a la vida cotidiana, haciéndola tridimensional y fascinante, se pone ahora al servicio de la evocación del ser amado. El retrato de José María Pérez Gay está escrito desde el lado donde se confunden luces y sombras. Así, el retratado se convierte por momentos en fabulador, otras en plagiario, a veces fanático, a menudo vanidoso.

Pero son defectos pasajeros.

"Al final, algo del principio: ante el ataúd de mi hermano recordé que cuando yo tenía seis años y él 20, montábamos un arte dramático en el cual él era el Santo y yo Blue Demon. En algún lugar siempre seremos esos dos enmascarados".

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